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Congo Mirador, documental venezolano que refleja la desidia, la tristeza y el abandono de un pueblo

Los innumerables problemas empujan a los pobladores de este pueblo de agua, ubicado en el Lago de Maracaibo, a migrar hacia Colombia

El Congo Mirador no escapa de la polarización que divide políticamente a Venezuela en rojos y azules (@OnceVzlafilm)

15 minutos. La película documental venezolana Érase una vez en Venezuela, Congo Mirador, de la directora Anabel Rodríguez, logró despertar un gran interés dentro y fuera de Venezuela, luego de estar en la lista preliminar de 93 cintas que buscaban quedarse con un premio Óscar.

La historia gira alrededor de la población de Congo Mirador, uno de los tantos pueblos de agua del Lago de Maracaibo, occidente de Venezuela, una aldea de pescadores que para el momento de la filmación marchaba sin freno a la desaparición.

Muy pocos sabían, antes del trabajo audiovisual, acerca de la existencia de Congo Mirador, un pueblo que no escapa de la polarización que divide políticamente a Venezuela en rojos y azules.

Tamara, dirigente y coordinadora del partido gobernante en la zona, es una de las principales figuras de la película documental. Ella enseña cómo es la vida en Congo Mirador. La líder comunal, pese a su ideología, está consciente de las dificultades que atraviesa el pueblo. Por su parte, Natalie, una humilde educadora, siente el temor de perder su empleo por su clara tendencia opositora.

Uno de los momentos más conmocionantes es la escena de Tamara observando el cierre de campaña oficialista, de cara a las elecciones parlamentarias 2015, debido al discurso populista del gobernante venezolano. Esto mientras Congo Mirador, como innumerables poblaciones de Venezuela, marcha sin rumbo fijo.

Corrupción y celebración de un cambio utópico

En la película documental, también se aprecia la corruptela que existe alrededor del proceso de votación en Venezuela. Muchas personas venden su conciencia por un par de bolívares, un dinero que mantiene un círculo vicioso. Sin embargo, las circunstancias llevan a los pobladores de Congo Mirador a pensar en salvaguardar a sus familias.

El triunfo opositor en los comicios parlamentarios de 2015, quizás los últimos en la era democrática de Venezuela, generó júbilo en todo el país suramericano. Congo Mirador, no fue la excepción. La población sacó sus botes y al ritmo de tambores celebró con esperanza la llegada de un cambio. Sin embargo, este nunca se produjo.

Si bien el gobierno de turno movió sus fichas de forma estratégica, el Parlamento opositor de 2015 fracasó y no supo aprovechar el momento histórico que tuvo en sus manos. Hoy día sigue dando brazadas de ahogado.

Hay tres elementos que son un claro ejemplo de que las cosas no están bien: la cruz de la Iglesia del pueblo doblada, una señal de que la fe está en duda; el estado de la escuela de la población, un lugar para la formación de la generación de relevo, que está a punto de derrumbarse; y, por último, la mirada de tristeza profunda de los niños.

A pesar de tener un saldo telefónico inagotable, las llamadas de Tamara a las autoridades competentes, para resolver las problemáticas de la localidad, no tuvieron respuestas. Ni su viaje a Maracaibo, para reunirse con el gobernador del Zulia, pudo darle un poco de ilusión a Congo Mirador.

Frente a la desidia gubernamental, a los habitantes de Congo Mirador no les queda otra opción que migrar, muchos lo hacen hacia Colombia, para intentar obtener una mejor calidad de vida, calidad de vida que secuestró la llamada “Revolución Bolivariana” a los venezolanos.

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