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Un día en la vida de Vania entre las ruinas de Mariúpol

Vania empezaba temprano con el té, imprescindible para sobrevivir cuando no hay agua, electricidad ni calefacción. Cinco litros para todos los residentes en su portal

"Teníamos que alimentar a muchas 'babushkas' (abuelas), ya que no podían salir de casa", relata el joven ucraniano (EFE/Vania)

15 minutos. "Mi jornada laboral consistía en encontrar leña para calentarnos, cocinar para los ancianos, apagar incendios y enterrar a los muertos en las calles. Era como un trabajo". Así recuerda Vania, un adolescente de 18 años, sus más de dos semanas de asedio ruso en las ruinas del puerto ucraniano de Mariúpol.

"Hay gente que no es capaz de vivir en paz después de una guerra. En Mariúpol yo sabía qué había que hacer en cada momento. No había tiempo para el pánico. Ahora, tengo muchos planes, pero no sé qué hacer con mi vida", confesó a Efe.

Vania empezaba temprano con el té, imprescindible para sobrevivir cuando no hay agua, electricidad ni calefacción. Cinco litros para todos los residentes en su portal.

"Teníamos que alimentar a muchas 'babushkas' (abuelas), ya que no podían salir de casa", relata.

Un barrio en llamas

"Todos los edificios de mi barrio estaban dañados y en llamas. Las balas de las ametralladoras rusas de gran calibre atravesaban las paredes como si fueran de cartón. No lo entiendo porque en nuestra zona no había ningún objetivo militar. La base del batallón Azov estaba a más de dos kilómetros", lamenta.

De tanto subir escaleras, adelgazó mucho entre el 2 y el 18 de marzo. Aunque lo peor era el frío. No pocos mariupolitas murieron congelados al aire libre.

"Ha sido el peor invierno que recuerdo. Trece grados bajo cero en marzo, cuando los termómetros debían marcar más de 10 sobre cero en esta época del año", recuerda.

Entierron de los cadáveres

El frío no permitía enterrar a todos los cadáveres en los patios interiores, parques o jardines, ya que la tierra estaba congelada, pero estos tampoco se pudrían, lo que evitaba la propagación de enfermedades.

"Tuvimos que abandonar decenas de cuerpos a la intemperie. Lo bueno es que con las bajas temperaturas la comida no se estropeaba. Podías conservarla al exterior", explica.

La abuela de su novia murió en plena calle tiroteada por un francotirador. "Ni siquiera pudo enterrarla. La cubrió y ya está", señala.

Muertos por el miedo

Nunca vio un soldado ucraniano en su barrio. En cambio, los cráteres que la aviación rusa dejó en su calle llegaban a tener cinco metros de profundidad y 20 de diámetro.

"Sólo en nuestro edificio murieron siete personas de ataque al corazón y otro se tiró por la ventana. La gente estaba aterrorizada. Enfrente, una familia entera de cuatro personas murió por el impacto de un misil", explica.

Los incendios los apagaban como podían con los extintores de una guardería cercana.

Ciudad europea

"Un amigo mío estuvo escondido en el teatro dramático bombardeado por los rusos. Me dijo que había unas 1.700 personas en el sótano. Unos 700 lograron salir. Después, cayeron las bombas. Él dice que tuvieron que morir muchas personas", señala.

Vania recuerda que Mariúpol se había convertido en los últimos años en una "ciudad europea", ya que se construyeron fábricas, universidades, parques, centros culturales y pabellones deportivos.

"Vivíamos en paz. La ciudad crecía. Ahora, en cambio, nunca sabremos lo que de verdad pasó en Mariúpol. Los rusos quieren quedarse con todo el sur de Ucrania", señala, al tiempo que admite que también existe "la contrapropaganda ucraniana".

Ni rastro de neonazis

Vania reconoce que si el Ejército ruso hubiera lanzado su "operación militar especial" hace ocho años, "muchos les hubieran recibido con flores" en el este de Ucrania.

"Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces. El presidente, Volodímir Zelenski, es apoyado por los jóvenes. Hizo muchos en estos tres años. En cambio, en Donetsk y Lugansk se vive mal. Yo estuve allí", apunta.

En su momento, los batallones nacionalistas, Azov y Tornado, "no estaban bajo control de las autoridades", pero ahora son parte de la guardia nacional.

"En 2015 la gente tenía miedo. Había muchas armas en las calles, pero desde entonces nunca han molestado a nadie. Yo no he visto a un neonazi en mi vida. Los habrá, al igual que en Rusia. Claro que estamos en contra de la esvástica. En todas las familias hay alguna oveja negra", indicó.

También niega que las autoridades de Kiev retiraran todos los monumentos de la época soviética. "Sólo cambiaron los nombres de algunas calles. Rusia no tenía motivos para atacarnos, sólo es una excusa", asegura.

Campos de filtración

"Con lágrimas en los ojos", ya que no quería abandonar Mariúpol, Vania fue evacuado por las tropas rusas. Su viaje para llegar a Riga, capital letona en la que se encuentra ahora, ha sido toda una odisea.

Primero él y sus padres tuvieron que andar a pie unos diez kilómetros hasta llegar a lugar seguro y después fueron internados en campos de filtración en territorio de la república popular de Donetsk.

"Nos desnudaban en busca de tatuajes nacionalistas. Miembros del Servicio Federal de Seguridad (FSB, antiguo KGB) nos interrogaban y revisaban el móvil. Lo peor fue el embutido ruso, era incomible", explica.

Abandonó el Donbás en autobús con destino a varios centros de acogida en el sur de Rusia. Después de unos días en Moscú y San Petersburgo, decidió cruzar la frontera con Estonia.

No lo habrían dejado salir

"Allí me preguntaron si había visto las bases del batallón Azov y cuál era mi opinión sobre Kiev. Los estonios también me hicieron preguntas como si había visto a los rusos disparar contra edificios de viviendas. Por precaución, no documenté nada en mi teléfono. De lo contrario, los rusos no me habrían dejado salir", asegura.

Ahora, se propone viajar a Canadá, donde vive un amigo de la familia. Quiere estudiar derecho internacional.

"Regresar no tiene sentido. En Mariúpol no ha quedado nada en pie. Mis padres permanecen en Rusia. Ahora los ucranianos somos como los judíos y armenios, desperdigados por el mundo", concluye.

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