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Zona Verde de Mogadiscio, una "jaula de oro"

Confinada entre un mar y un muro inexpugnable construido junto al Aeropuerto Internacional Aden Adde, que separa la capital de Somalia de la Zona Verde

La vida de los funcionarios y diplomáticos transcurre en complejos fortificados. (Dai Kurokawa/ EFE)

15 minutos. Un muro kilométrico a prueba de bombas separa en Mogadiscio dos mundos que se miran de reojo: la peligrosa capital de Somalia y la segura Zona Verde, una burbuja habitada por personal de la ONU, diplomáticos, guardaespaldas, soldados y espías.

Con ocasos de postal como telón de fondo, los residentes de la Zona Verde suelen salir, cuando cae la tarde, a caminar o hacer deporte por su arenoso paseo marítimo, el único contacto natural o espontáneo que muchos tienen con el país en el que viven.

Se topan a su paso con carteles que alertan de la prohibición de bañarse en el mar por el peligro de los tiburones que merodean por esas aguas.

Avión de carga abandonado donde aterrizó por accidente después de desviarse hace dos años dentro del perímetro seguro. (Dai Kurokawa/ EFE)

Bajo la mirada de guardias armados que otean el horizonte desde las torretas de vigilancia que salpican el recinto, también se cruza en su camino el destartalado fuselaje de un avión que sufrió un fallo del tren de aterrizaje en 2017.

Los soldados ugandeses de la Misión de la Unión Africana (AMISOM) concibieron la idea de convertir ese caparazón metálico en una cafetería, si bien ese sugerente proyecto negó a ejecutarse.

Una ciudad dentro de una ciudad

En esta fortaleza construida junto al Aeropuerto Internacional Aden Adde, bautizado en memoria del primer presidente de Somalia, unas 3.000 personas se entregan con una dedicación inquebrantable a sus trabajos, gran parte de ellos remunerados con suculentos sueldos.

"Es una ciudad dentro de una ciudad", comenta a Efe el español Nicolás Berlanga, embajador de la Unión Europea (UE) en Somalia, una nación sacudida por el caos y la guerra tras la caída en 1991 del dictador Mohamed Siad Barre, pero que trata de levantar cabeza.

El paisanaje de la Zona Verde se compone, principalmente, de funcionarios de las agencias de la ONU, diplomáticos de embajadas como las de la UE, EEUU, Reino Unido, China o Kenia; espías (extranjeros y somalís), contratistas, guardaespaldas y militares de AMISOM o la Misión Europea de Entrenamiento del Ejército de Somalia.

Construcción de una piscina frente a un edificio de oficinas en el International Compound. (Dai Kurokawa/ EFE)

No hacen, sin embargo, vida extramuros por motivos de seguridad en una de las capitales más peligrosas del mundo, donde habitan unos dos millones y medio de personas y planea casi a diario la sombra letal de un ataque del grupo yihadista Al Shabab.

Los embajadores y altos funcionarios que salen del perímetro -amparado por un muro de hormigón y alambre con púas de unos cuatro kilómetros- para acudir a reuniones con cargos del Gobierno somalí lo hacen en convoyes militares de vehículos acorazados.

En el interior de la Zona Verde tampoco se escatiman esfuerzos en materia de protección, pues esos diplomáticos y altos funcionarios se desplazan en enormes todoterrenos blindados bajo la escolta.

"Prisiones" de lujo

De puertas para dentro, la vida transcurre en complejos fortificados provistos de césped artificial y cómodas habitaciones prefabricadas con wifi, aire acondicionado, televisiones con canales internacionales y, en ocasiones, cascos y chalecos antibalas.

"Las llaman prisiones de lujo", comenta a Efe con cierta sorna la funcionaria europea Sari Haukka sobre esos habitáculos, ejemplos de la arquitectura desechable predominante en la ciudadela.

En el recinto de la Embajada de la UE, esas casitas portátiles adoptan nombres de ciudades europeas como Madrid, Bruselas, Maastricht o Niza en una suerte de laberinto de calles angostas y ajardinadas que dan a todo el conjunto un toque muy residencial.

Los trabajadores los establecimientos son en su mayoría kenianos. (Dai Kurokawa/ EFE)

En caso de un ataque, algunos de esos complejos disponen de búnkeres construidos con paredes de un metro y medio de grosor y equipados con pesadas puertas blindadas y cámaras de vigilancia.

Numerosos hoteles (amurallados también) como el Chelsea Village, la peluquería "Indian Ocean" ("Océano Índico"), la tienda "Peace" ("Paz"); las vallas publicitarias que ensalzan el refrescante sabor de la Coca Cola o los cajeros automáticos que dispensan dólares estadounidenses revisten de cierta normalidad tan insólito lugar.

Los trabajadores los establecimientos -e incluso de las embajadas, como cocineros o limpiadores- "son en su mayoría kenianos" que residen en la Zona Verde, explica a Efe Abdi Abdikadir, un somalí asentado en Nairobi que ejerce de portavoz de la UE para su misión diplomática en Somalia.

No se suele contratar a somalís para esos puestos, agrega Abdikadir, debido al "riesgo de seguridad" que supondría "tener a gente entrando y saliendo".

Según el experto galo, nunca se puede bajar la guardia en la fortaleza porque, entre otros riesgos, "algunas personas pueden copiar credenciales".

Son peligros que han convertido a la Zona Verde, confinada entre un mar de ensueño y un muro inexpugnable, en una especie de "jaula de oro" segregada de Mogadiscio. Tan cerca y tan lejos de Somalia, el país al que pretende ayudar. 

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