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¿En la variedad está el gusto? Conoce el Museo de la Comida Repugnante de Berlín

El lugar ofrece un menú distinto a diario y lleva la cuenta de los días que han estado "sin vómitos" en una pizarra

La comida en la exhibición no se ordena por continentes sino por grupos de productos, como si fuera un supermercado (EFE/Maria Garrido)

15 minutos. Ojos de oveja, vino de serpiente y sopa de tarántula son algunos de los más de 90 platos y bebidas inusuales de todo el mundo que exhibe el Disgusting Food Musem o Museo de la Comida Repugnante de Berlín. Su objetivo: demostrar que si algo es un "manjar" o un "asco" es cuestión de cultura y costumbre.

El Museo de la Comida Repugnante acaba de abrir sus puertas en el corazón de la ciudad de Berlín, en el barrio de Mitte. Como boleto de entrada, el visitante recibe una bolsa parecida a la que se pone a disposición en los aviones para quienes se mareen.

Lo que a algunos les hace la boca agua, hará que la próxima persona sienta náuseas, provocadas por el aspecto de un plato, el olor, el sabor o simplemente su forma. Lo que es repugnante está en los ojos y en la nariz del espectador, y este se encuentra atrapado en su cultura. Este es el argumento del museo.

En algunas regiones de China o de Japón, por ejemplo, adoran el vino de serpiente o de ratón, mientras que en la cultura europea parece imposible consumir una bebida alcohólica que también se utiliza para preservar una pitón.

En Mongolia tienen una curiosa versión del famoso cóctel Bloody Mary. Mezclan el zumo de tomate con ojos de ovejas y se convierte en un conocido remedio para las resacas, dijeron en el museo berlinés.

El "altar de queso apestoso" permite al visitante oler 5 quesos distintos. Entre ellos, el Obispo Apestoso (Reino Unido), descrito como emisor del mismo olor que "un vestuario de un equipo de rugby después de un partido".

El pene de toro (China) y el cerebro de cerdo (este ingrediente está presente en todo el mundo) son también otras de las bases de platos mostrados en el peculiar museo berlinés.

Saber cómo se hacen

¿En la variedad está el gusto Conoce el Museo de la Comida Repugnante de Berlín
Lo que es repugnante está en los ojos y en la nariz (EFE/Maria Garrido)

Muchas de las exhibiciones -batido de rana, sopa de tortuga o tarántula, saltamontes y queso de ácaro- pueden parecer completamente extrañas a las papilas gustativas de los ciudadanos europeos.

"Hay alimentos que a veces huelen horrible, saben horrible o tienen un aspecto horrible. Y otros que no, que lo que da asco es saber cómo se producen, como por ejemplo las gominolas", explicó el director del Museo de la Comida Repugnante de Berlín Martin Völker.

Este delicioso y colorido caramelo está hecho de gelatina, que se elabora hirviendo los desechos que se generan durante el sacrificio y procesamiento de los animales. Al hervir pieles y huesos de cerdo y ganado, se rompe el tejido de colágeno creando gelatina.

Según la Junta de Agricultura de Suecia, los suecos consumen aproximadamente 15 kilos de estos caramelos por persona al año.

La comida en la exhibición no se ordena por continentes sino por grupos de productos, como si fuera un supermercado. En la entrada hay bebidas, después huevos, queso, animales, productos del mar, insectos (como "comida del futuro"), verduras, productos veganos y finalmente postres y chucherías.

Fiel a la actualidad, la exhibición también contiene un Menú Covid. Este consiste en sopa de murciélago y estofado de pangolín -ambos animales supuestamente vinculados con el posible origen de la pandemia-, acompañados de una bebida alcohólica que se usó en Alemania contra el cólera (1831), la Tinctura Amara Mampei.

No es el único

El primer museo de este tipo abrió sus puertas en Malmö (Suecia) en 2018, que sigue siendo el único fijo. De forma temporal, el Museo de la Comida Repugnante se ha exhibido en Nantes (Francia) y Los Ángeles (California, Estados Unidos). Este año se abrieron locales en Berlín (Alemania) y Burdeos (Francia).

El régimen de franquicia nació con la finalidad de que la gente hablara sobre el concepto de repugnancia. En Berlín hay un enfoque similar en las reacciones de los visitantes.

"Podemos aprender y desaprender el asco, descubrir otras culturas y otros gustos, ampliar los pequeños horizontes culinarios", añadió Völker.

La exhibición también intenta demostrar que las ideas de disgusto pueden cambiar con el tiempo. Hace 200 años, la langosta era tan indeseable que solo la comían los prisioneros y esclavos. En cambio, hoy en día es considerada un manjar.

Concienciar al visitante de cómo se trata a los animales en la cadena de producción de alimentos es otro objetivo del Museo de la Comida Repugnante de Berlín. Poe ello, al lado de la mayoría de los platos hay una pantalla de televisión que muestra vodeos, por ejemplo, de cómo se sobrealimenta a un pato para conseguir foie gras en Francia.

Quienes visitan el museo pueden incluso comprar algunos de los alimentos o degustarlos en el bar de la entrada. Ofrecen un menú distinto a diario y llevan la cuenta de los días que han estado "sin vómitos" en una pizarra.

"Queremos que la gente se entretenga hablando de alimentos para que descubran nuevos gustos y alimentos que antes no querían comer o beber", resumió Völker

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